El blog de Ope Pasquet


Una novela sobre Baltasar Brum

“La calle del sacrificio” se titula la nueva novela de Hugo Burel que acaba de aparecer en librerías. Su tema es Baltasar Brum y su inmolación en gesto de rebeldía y protesta ante el golpe de estado del 31 de marzo de 1933.

El recurso que emplea Burel para armar su relato es el de imaginar un retorno del espíritu de Brum desde el más allá, para volver a la calle Río Branco donde se quitó la vida. Brum monologa mientras pasea por la Plaza Independencia y luego por 18 de Julio, antes de llegar a su destino. Al deambular recuerda algunos episodios de su agitada vida política y también desliza opiniones sobre hechos posteriores a su deceso y algunas circunstancias de actualidad; los que vuelven del más allá pueden hacer estas cosas, como es sabido.

La prosa de Burel -escritor con varios premios y galardones en su haber- es fluida y amena. El relato cautiva al lector y lo lleva de la mano por distintos momentos de nuestra historia. Acerca de ellos Burel expone a veces las opiniones de Brum, según quedaron documentadas, y otras veces las propias, aunque el texto las atribuya al alma del muerto ilustre. Así sucede con el golpe de estado de 1942, el llamado “golpe bueno” de Baldomir, que tuvo el apoyo del batllismo, del nacionalismo independiente y de los partidos de izquierda y permitió que el país saliera del “régimen de marzo”, como se denominaba al surgido del golpe de 1933. En el relato de Burel el espíritu de Brum condena el golpe de Baldomir, pero ese juicio, que podría atribuirse con certeza al espíritu de Luis Alberto de Herrera, no puede endilgársele al de un batllista neto como Brum si la ficción quiere ser verosímil.

“La calle del sacrificio” se apoya, en general, en los datos que aporta la historia, pero el novelista no es un historiador y Burel utiliza sin complejos la libertad que le otorga su oficio. Así lo hace, por ejemplo, al recrear el diálogo de Brum con su madre en las horas previas al desenlace fatal. La versión canónica es la que escribió Juan Carlos Welker (“Baltasar Brum, verbo y acción”), publicada en 1945. Según la crónica de Welker, Brum le recordó a su madre que todas las veces que se batió a duelo (fueron cinco) le había asegurado que volvería, pero agregó que en esa ocasión solo podía decirle que al día siguiente no lo tendría. Burel cambia el final del diálogo y hace que Brum le asegure a su madre que iba a estar bien. Welker no dijo cuál era su fuente y Burel escribe una ficción; nunca sabremos qué le dijo realmente aquel día Brum a su madre.

El núcleo dramático de la obra está, evidentemente, en el ir y venir de los estados psicológicos de Brum desde que la Policía intentó prenderlo en su casa a las 7 de la mañana del 31 de marzo -Brum se resistió a balazos y los policías huyeron- hasta que él se quitó la vida cerca de las 4 de la tarde, en el medio de la calle Río Branco. La profunda, visceral indignación ante el golpe de estado; el sentimiento del deber de resistir el atropello por todos los medios a su alcance; la esperanza de que una pueblada, o la acción resuelta de un grupo de militares “constitucionalistas”, revirtiera la situación; la amarga desazón al ver que pasaban las horas y la esperada reacción no se producía; la exaltación principista que lo llevó a proclamar a viva voz “la república libre de la calle Río Branco”; la posibilidad de aceptar el asilo diplomático que algunos le proponían; el cálculo político de lo que serían las consecuencias de su sacrificio (“si vivo la dictadura durará 20 años; si muero, cinco”); la reflexión serena, en medio de la angustia, que lo hizo desistir de la idea de abrirse camino a balazos a través del cerco policial para no matar ni lastimar a modestos agentes que solo cumplían órdenes; todas esas cavilaciones y tribulaciones que agitaron el espíritu de Brum durante horas son hábilmente retratadas por Burel, que no juzga los hechos pero que los pone a todos sobre la mesa para que el lector saque sus propias conclusiones.

Han pasado más de 90 años desde aquel fatídico 31 de marzo. Quizás la sociedad uruguaya no recuerde como debería a quien ofrendó su vida en defensa de las instituciones democráticas. El Partido Colorado, empero, no lo ha olvidado, y no me refiero a los mármoles y bronces que perpetúan su memoria en la Casa del Partido. Lo recordó Luis Hierro Gambardella cuando en la sesión del Senado del 27 de junio de 1973 invocó la sangre de Brum para condenar a la dictadura en ciernes. Lo recordamos los jóvenes de la CBI cuando en 1980 llevamos su foto en la puerta de la casa de la calle Río Branco, revólver en mano, al acto en el cine Arizona en pro del NO en el crucial plebiscito de ese año. Lo recordó el batllismo todo, cuando en marzo de 1982 inició la campaña con vistas a las elecciones internas de noviembre con un emotivo acto en el Cementerio Central en homenaje a su memoria. Lo recuerdan los jóvenes batllistas que hoy van a las sesiones de la Convención del partido con una gran bandera que dice: “Por la sangre de Brum”.

Es cierto, sin embargo, que “la democracia no es épica”, como dijo el Dr. Sanguinetti; no se puede banalizar la memoria de un acto trágicamente heroico trayéndolo a colación todos los días, y menos cuando el país está viviendo, desde 1985, el lapso de normalidad institucional más extenso de su historia. Pero la inmolación de Brum está ahí, viva y palpitante en la conciencia de todos los batllistas. La novela de Burel nos hace estremecer al recrear vívidamente su acto de sacrificio final por la república y nos recuerda que la democracia, así como produce a veces demagogos y sinvergüenzas, produce también héroes civiles de la fibra moral de Baltasar Brum.