La semana pasada los profesores Wanda Cabella e Ignacio Pardo, de la Facultad de Ciencias Sociales, tuvieron el acierto de convocar a un par de jornadas de reflexión sobre algunos datos de la demografía uruguaya que merecen -y exigen-que se les preste atención. Asistí y participé de esas jornadas, lo que me llevó a escribir lo que sigue.
En el 2024, por cuarto año consecutivo, en Uruguay se registraron menos nacimientos que muertes; 29.899 y 35.956, respectivamente.
Los uruguayos tenemos cada vez menos hijos. La tasa global de fecundidad es actualmente de 1,2 hijos por mujer. La “tasa de reposición”, es decir, la que hace que una población no aumente ni disminuya, se estima en 2,1 hijos por mujer. Por lo tanto, la población uruguaya está reduciéndose: llegó a su máximo nivel en 2020, cuando fuimos 3.510.000, pero ya somos menos hoy y volveremos a ser 3.000.000 en 2070, según estiman los demógrafos.
Con la reducción de la población viene también su envejecimiento: la proporción de mayores de 65 años con relación a los menores de 25 tiende a aumentar, inexorablemente. El fenómeno impacta e impactará, por supuesto, en la seguridad social: cada vez menos trabajadores activos tendrán que sostener a una cantidad cada vez mayor de pasivos, que además vivirán más tiempo por efecto del aumento de la expectativa de vida. El año pasado, felizmente, la ciudadanía rechazó la propuesta del Pit-Cnt de poner en la Constitución el derecho a jubilarse a los 60 años; a la luz de los datos de la demografía, es evidente que la propuesta era una insensatez.
La caída en la tasa global de fecundidad por debajo de la tasa de reposición es prácticamente universal: se da en países ricos, pobres y de ingreso medio, en América y en Europa, en Asia y en Oceanía. Las excepciones parecen encontrarse en varios países del África, al menos por ahora.
Importa señalar la generalidad del fenómeno para no caer en la tentación masoquista a la que somos proclives los uruguayos. El encogimiento de la población no se debe a limitaciones o carencias inherentes al país (la pesadilla de la “inviabilidad” que nos persigue desde siempre), porque lo mismo que nos pasa a nosotros les pasa a los Estados Unidos y a China, a Cuba y a Alemania entre muchos otros estados del mundo.
El carácter ecuménico de la tendencia a la baja de la natalidad no debe llevarnos a pensar, sin embargo, que a todos nos va a afectar del mismo modo. Pasa como pasó con la pandemia: muchas personas que se contagiaron con el Covid sufrieron apenas algo parecido a una gripe, pero algunas tuvieron que ser internadas y otras fallecieron; en estos últimos casos se hablaba de las “comorbilidades” que padecían los más afectados por el virus.
El impacto de la caída de la natalidad también puede resultar alterado por las “comorbilidades” de una población determinada. Una cosa es que el total de habitantes deje de crecer o disminuya cuando la cifra de partida es de 1.400 millones, como tiene China, y otra muy distinta es iniciar el descenso desde apenas tres millones y medio de uruguayos.
Otro elemento a tener en cuenta: la emigración, que aquí empezó a manifestarse fuertemente a comienzos de los años 60 y que, con altibajos, no ha dejado de registrarse desde entonces. Si no encuentran oportunidades adentro, los jóvenes las buscan afuera. Los que logran instalarse exitosamente en otro país tienen sus hijos allá y suelen llevarse luego a sus padres y hasta a sus abuelos a vivir con ellos. Se estima que hay más de medio millón de uruguayos viviendo en el exterior. Como escribió Ricardo Pascale, “Uruguay ajusta por población”. Realidad muy distinta, la nuestra, de la de esos países europeos como Alemania, por ejemplo, donde la natalidad es muy baja pero el flujo de inmigrantes es permanente (con los problemas y tensiones consiguientes, eso también es cierto).
Ya que somos pocos y vamos camino a ser menos, podría ser un consuelo la idea de que nuestro sistema educativo forma recursos humanos de alta calidad y en abundancia, como para que el país pueda conectarse exitosamente a la economía del conocimiento y compensar a fuerza de talento el impacto negativo del declive poblacional. Algo así sucede en Singapur: la tasa global de fecundidad es allí de 0,97, menor que la uruguaya, pero con un sistema educativo de excelencia y fuerte y continua inversión en investigación científica y tecnológica e innovación, el país (una ciudad-estado de minúsculo tamaño) anda volando y su PBI per cápita es de los más altos del mundo. Pero todos sabemos -o deberíamos saber-que en Uruguay las cosas no son así. La tasa de egreso del bachillerato para jóvenes de hasta 23 años es apenas del 51% y mejora muy lentamente. El porcentaje del PBI destinado a investigación en ciencia y tecnología no llega al 0,5%. La economía del conocimiento todavía nos queda muy lejos.
El gasto público crece mucho más rápido que la economía: se ha duplicado desde el 2005 hasta hoy, dice el director de CERES, Ignacio Munyo. En cambio, desde 2015 hasta el 2024 la economía creció a un promedio de poco más del 1% anual. La recaudación no alcanza para cubrir los gastos, lo que genera un déficit que se cubre con endeudamiento al amparo del trabajosamente logrado y conservado grado inversor. El proyecto de ley de presupuesto actualmente a estudio del Parlamento prevé un aumento del gasto total superior al 10% en términos reales para el período 2025-2029; suma y sigue…En estas condiciones, más vale ni soñar con políticas de fomento de la natalidad como las que aplican algunos países desarrollados -como Francia, por ejemplo- a un alto costo y con magros resultados. Más todavía: es inútil imaginar políticas sociales ambiciosas para apoyar a las madres y a sus hijos, si no se encara seriamente la cuestión de la generación de los recursos necesarios para financiarlas.
Parece razonable suponer que, al menos en un país como el nuestro, el tamaño de la población limita el tamaño de la economía. El tamaño de la economía, a su vez, limita la recaudación fiscal, sin la cual el Estado no puede hacer lo que tiene que hacer. La emigración continua, el déficit educativo, el déficit fiscal crónico y el endeudamiento siempre creciente amplifican, en el caso uruguayo, el impacto del declive poblacional. El Estado tendrá cada día más dificultades para llenar sus cometidos, aun los esenciales, con recursos que no crecen con la rapidez necesaria para atender los reclamos de una sociedad envejecida y exigente. Uruguay no va a desaparecer, pero el Estado uruguayo irá haciendo cada vez menos de lo mucho que esperamos y necesitamos que haga.
Para revertir esta tendencia descendente no alcanza con discursos patrióticos que exhorten a los jóvenes a tener más hijos; está demostrado que eso no funciona, ni aunque se le ponga plata encima. Tampoco progresaremos repitiendo año tras año el espectáculo de la lucha por las asignaciones presupuestales, que es el eterno y frustrante tironeo de la frazada corta.
Lo que el país tiene que hacer es reencontrar la senda del crecimiento económico fuerte y sostenido, lo cual no produce necesariamente el crecimiento demográfico pero hace más llevadera su ausencia. Los partidos políticos prefieren discutir acerca de cómo gastar y qué necesidades atender prioritariamente; es natural que así sea, porque así lo impone la dinámica de la competencia democrática. Pero el verdadero desafío para el Uruguay consiste en lograr que la economía vuelva a crecer a tasas altas y sin “parates” repentinos y bruscos, de esos que hacen que “se pierda en la bajada lo que se ganó en el repecho”. Solo así se generarán empleos atractivos y bien pagos en el sector privado que hagan que nuestros jóvenes no sientan la necesidad de emigrar y que otros jóvenes vengan a este país, que precisa inmigrantes; solo así podrá el Estado obtener los recursos necesarios para mejorar sustancialmente la educación pública -prioridad estratégica-, así como trasladar del papel a la realidad las ambiciosas políticas sociales que se prometen en cada campaña electoral.
Por todo el tiempo previsible los uruguayos seguiremos siendo pocos, pero si hacemos las cosas bien podremos llegar a estar mejor.
